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Investigación muestra que las áreas húmedas del Cerrado almacenan más carbono que los bosques de la Amazonía

Estas regiones son capaces de almacenar hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea, el equivalente a cerca de seis veces el almacenamiento de biomasa promedio de la selva tropical

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Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo

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The Cerrado, the second-largest biome in South America and the most biodiverse savanna in the world, is known as the “cradle of waters” (photo: Paulo Bernardino)

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Credit: Paulo Bernardino

 Los campos húmedos y las veredas del Cerrado, el bioma de sabana brasileño, son capaces de almacenar hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea, lo que equivale a cerca de seis veces las reservas de biomasa de los bosques típicos de la Amazonía. Las dataciones indican que, en promedio, este carbono permanece en el lugar desde hace 11 mil años y que, en algunos casos, tiene una antigüedad de hasta 20 mil años, resultado de un lento proceso de acumulación favorecido por la falta de oxígeno en los suelos saturados de agua.

Los hallazgos provienen de un estudio publicado en la revista científica New Phytologist y liderado por investigadores del Instituto de Biología de la Universidad Estatal de Campinas (IB-Unicamp), en el estado de São Paulo, Brasil.

Como estas áreas húmedas dependientes del nivel freático aún han sido poco estudiadas, los científicos realizaron un primer mapeo utilizando datos de teledetección combinados con aprendizaje automático, indicando que podrían cubrir 167 mil kilómetros cuadrados (km²) del Cerrado. Representan una extensión al menos seis veces mayor de lo que se pensaba anteriormente, equivalente a cerca del 8 % del bioma y al 2 % del territorio brasileño.

El Cerrado, segundo bioma más grande de América del Sur, es la sabana con mayor biodiversidad del mundo y es conocido como la “cuna de las aguas” por contribuir con dos tercios del abastecimiento de las grandes cuencas hidrográficas, especialmente en las regiones Sur y Sudeste del país. También alberga los llamados ojos de agua —afloramientos naturales del nivel freático—, incluidos aquellos de carácter difuso, protegidos por el Código Forestal (Ley n.º 12.651/2012), que los clasifica como Áreas de Preservación Permanente (APP).

Inmortalizadas en la obra Grande Sertão: Veredas —que cumple 70 años en 2026— del escritor João Guimarães Rosa (1908-1967), las veredas son un tipo de turbera, un ecosistema de áreas inundables y pantanosas. Además del carbono almacenado, son fuentes significativas de metano (CH₄), especialmente en áreas permanentemente inundadas, donde las emisiones aumentan debido a las temperaturas más elevadas.

A pesar de ser poco visibles y, muchas veces, ignoradas, estas formaciones desempeñan funciones ecológicas estratégicas, principalmente por constituir fuentes de ríos y cuencas hidrográficas. Sin embargo, según los investigadores, estos ecosistemas son altamente vulnerables a las alteraciones del régimen hídrico provocadas por la expansión agrícola, la deforestación, el drenaje de áreas húmedas, la construcción de pequeñas represas y el uso intensivo de agua para riego.

Incluso cuando se preservan en fragmentos, los cambios en el entorno pueden reducir el nivel freático y transformar estos suelos en fuentes de emisión de carbono.

“Si talamos un árbol que ha permanecido durante 300 años en el bosque, perdemos una gran reserva de carbono y funciones ecosistémicas importantes que son difíciles de recuperar en su totalidad. Pero mediante el proceso de restauración forestal es posible acercarse a ello en 30 o 40 años. Es decir, se pueden plantar árboles y acompañar ese proceso durante toda una vida. En cambio, el carbono del suelo de un área húmeda del Cerrado no podremos recuperarlo en nuestro tiempo de vida, porque fue almacenado a lo largo de decenas de miles de años”, explicó a la Agência FAPESP la bióloga Larissa da Silveira Verona, primera autora del artículo.

El trabajo es, en parte, derivado de su maestría bajo la supervisión del profesor Rafael Silva Oliveira y fue premiado en 2024 como la mejor tesis de maestría del Programa de Posgrado en Biología Vegetal del IB-Unicamp.

Actualmente trabaja en el Cary Institute of Ecosystem Studies (Estados Unidos) junto con la investigadora Amy Zanne, otra autora del artículo. Durante su maestría, Verona recibió una beca de la FAPESP, que también apoyó el estudio mediante una Ayuda a la Investigación concedida a Oliveira.

“El Cerrado fue elegido como la principal frontera agrícola de Brasil, orientada a la producción de commodities a gran escala. Situado entre dos formaciones forestales, la Amazonía y la Mata Atlántica, el bioma sufre una intensa presión de conversión y, a diferencia de estos bosques, no es reconocido como patrimonio nacional en la Constitución y cuenta con una previsión legal de apenas un 20 % para áreas de preservación. Lamentablemente, existe la percepción de que mantener Áreas de Preservación Permanente (APP) junto a los ríos es suficiente para conservar las funciones ecosistémicas del bioma. Estamos viendo que no es así. Para mantener los procesos hidrológicos del Cerrado, es necesario comprender la conectividad del paisaje. No basta con preservar pequeños fragmentos mientras el resto del territorio es convertido”, complementa Oliveira, quien también firma el artículo.

Aunque muestran una tendencia a la baja, los índices de deforestación del bioma siguen siendo elevados. Entre agosto de 2025 y enero de este año, las áreas bajo alerta de deforestación en el Cerrado totalizaron 1.905 km², frente a los 2.025 km² registrados en el período anterior (una reducción del 6 %), según datos del Sistema de Detección de Deforestación en Tiempo Real (Deter) del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe).

Un levantamiento realizado por MapBiomas, una red colaborativa integrada por organizaciones no gubernamentales, universidades y startups tecnológicas que mapea la cobertura y el uso del suelo en Brasil, mostró que el 47 % del Cerrado está ocupado por áreas de uso antrópico (datos de 2024), de las cuales el 24 % corresponde a pastizales y el 13 % a agricultura, siendo la gran mayoría del área cultivada destinada a la soja. En relación con la superficie de agua, el documento muestra que 2024 registró la mayor extensión desde 1985, aunque con un 60 % de uso antrópico (gran parte asociado a centrales hidroeléctricas).

Trabajo de campo

La investigación es pionera en el uso de muestras de suelo profundo (con profundidades de hasta cuatro metros) para cuantificar el carbono en estos ambientes. Se recolectaron muestras de suelo de veredas y campos húmedos en siete puntos del Parque Nacional de Chapada dos Veadeiros, en Goiás, en 2023.

“Realizar estas recolecciones fue un proceso de exploración de algunas regiones. Había lugares donde la vegetación llegaba a la altura de mis hombros y, como son zonas inundadas, muchas veces los pies se hundían. Nuestro suelo es más denso que otros, por lo que el trabajo fue físicamente extenuante, a veces con cinco o seis personas ayudando a utilizar el equipo, pero el resultado es muy gratificante”, relata Verona.

El grupo utilizó un instrumento denominado LI-COR Trace Gas Analyzer, conectado a anillos de PVC instalados en el suelo para medir dióxido de carbono y metano.

Para realizar la datación del carbono, los investigadores de la Unicamp contaron con la colaboración de científicos del Instituto Max Planck (Alemania). Los especialistas en teledetección, Paulo Negri Bernardino, de la Unicamp, y Guilherme Gerhardt Mazzochini, del Jardín Botánico de Río de Janeiro, contribuyeron al mapeo de las áreas.

El trabajo también indicó, mediante espectroscopia, una baja estabilidad del carbono en comparación con otras turberas tropicales. Cerca del 70 % de las emisiones anuales de CO₂ y CH₄ ocurrieron durante la estación seca. Como la mayor parte de la vegetación en estas áreas húmedas está compuesta por gramíneas que se descomponen con mayor facilidad, el carbono almacenado puede transformarse en emisiones cuando los suelos se secan, un fenómeno que podría agravarse con el cambio climático y la mayor frecuencia de estaciones cálidas y secas.

En el artículo, los investigadores advierten sobre la necesidad de ampliar la protección de las áreas húmedas y mejorar la concienciación acerca de la importancia de estas zonas alimentadas por aguas subterráneas. También destacan la relevancia de ampliar el mapeo y profundizar los estudios para comprender mejor estos ecosistemas.

En este sentido, Verona afirma que continúa investigando áreas húmedas estacionales para comprender la dinámica del carbono. Por su parte, Oliveira está profundizando el análisis del sistema hidrológico para entender mejor cómo funcionan estos ecosistemas y cómo restaurarlos.

“Si perdemos las turberas o las veredas, tardaremos miles de años en restablecer los niveles de carbono almacenado, sin contar los perjuicios para otros servicios ecosistémicos. La preservación es el camino, pero seguimos intentando comprender mejor los procesos”, proyecta el profesor.

Otro artículo liderado por Oliveira y publicado el año pasado ya destacaba que, a pesar de su importancia para la seguridad hídrica y de estar protegidos por ley, los campos húmedos del Cerrado, incluidos los manantiales, siguen siendo sistemáticamente ignorados por las políticas públicas, los consultores ambientales, los propietarios rurales y los organismos de fiscalización (lea más en: agencia.fapesp.br/55827).

El artículo Vast, overlooked peat, and organic soils in Brazil’s Cerrado: carbon storage, dynamics, and stability puede leerse en: nph.onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/nph.71027.


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